Cuando pensamos en gastronomía, normalmente pensamos en el gusto.
En si un plato está bueno, si una combinación funciona o si un determinado ingrediente nos gusta más o menos.
Pero la realidad es bastante más compleja.
Antes de probar un alimento, ya hemos empezado a percibirlo.
Su aspecto, su aroma, la temperatura, la textura e incluso el ambiente que nos rodea pueden modificar nuestra manera de experimentar aquello que estamos comiendo.
Por eso, una experiencia gastronómica no empieza necesariamente cuando llevamos el primer bocado a la boca.
Empieza mucho antes.
Todo comienza por la vista
Probablemente sea el sentido más evidente cuando hablamos de gastronomía.
Antes de probar un plato, lo vemos.
Los colores, las formas, la cantidad, la vajilla, la composición y la manera en la que se presenta un alimento generan una primera expectativa.
No esperamos lo mismo de un plato servido en una vajilla blanca que de uno presentado en un recipiente de madera.
Tampoco percibimos igual una mesa llena de productos de diferentes colores que una composición más minimalista.
Y esto no significa que una presentación bonita haga que algo esté más bueno.
Significa que la vista prepara nuestro cerebro para lo que viene después.
Por eso la presentación gastronómica no es únicamente una cuestión estética. También forma parte de la experiencia.
El olfato empieza antes que el primer bocado
Hay alimentos que reconocemos prácticamente con los ojos cerrados.
El café recién hecho.
El pan tostado.
Una naranja recién pelada.
El chocolate.
El romero.
El olor de un guiso.
El olfato tiene una relación especialmente estrecha con nuestra memoria y nuestras emociones. Un aroma puede transportarnos a un lugar, a una época o incluso a una situación concreta.
Por eso, cuando entramos en un espacio donde se está preparando café o donde acaba de salir comida de cocina, la experiencia gastronómica ya ha comenzado aunque todavía no hayamos comido nada.
En un evento, además, los aromas pueden formar parte de la identidad del momento.
El gusto no trabaja solo
Aquí llegamos al protagonista evidente: el gusto.
Pero incluso cuando estamos comiendo, nuestro cerebro está integrando información de diferentes sentidos.
Dulce, salado, ácido, amargo y umami se combinan con aromas, temperatura y textura para construir lo que finalmente interpretamos como sabor.
Por eso una misma elaboración puede parecernos diferente dependiendo de cómo se sirva o del contexto en el que la consumamos.
De hecho, en nuestro artículo sobre por qué la comida sabe diferente en un avión hablábamos precisamente de cómo factores externos como la humedad, la presión y el ruido pueden modificar nuestra percepción del sabor.
La gastronomía no sucede únicamente en el plato.
También sucede alrededor de él.

El tacto también forma parte de comer
Cuando hablamos del tacto en gastronomía, no nos referimos únicamente a tocar los alimentos con las manos.
La textura es fundamental.
Crujiente.
Cremoso.
Esponjoso.
Jugoso.
Suave.
Gelatinoso.
La diferencia entre unas patatas crujientes y unas blandas, entre un pan recién tostado y uno húmedo o entre una crema y una mousse no está solamente en el sabor.
Está en cómo se siente cada bocado.
También influye la temperatura.
No esperamos lo mismo de un gazpacho frío que de una sopa caliente. Ni de un chocolate servido a temperatura ambiente que de uno recién salido de la nevera.
La textura y la temperatura también cuentan una historia.
¿Y qué papel juega el oído?
Es probablemente el sentido que menos relacionamos con la gastronomía.
Sin embargo, también está presente.
El sonido de un alimento crujiente al morderlo.
El ruido de una cafetera.
El hielo al caer dentro de un vaso.
Una botella al descorcharse.
Incluso el ambiente sonoro de un restaurante o de un evento.
No vivimos una experiencia gastronómica aislados de nuestro entorno.
Estamos escuchando conversaciones, música, personas moviéndose, vajilla, copas…
Y todo ello forma parte del contexto en el que estamos comiendo.
Por eso, la gastronomía también tiene una dimensión sonora.
Entonces, ¿qué estamos saboreando realmente?
Quizá una de las cosas más interesantes de la gastronomía sea precisamente esta:
no comemos únicamente con la boca.
Cuando probamos algo, nuestro cerebro combina toda la información que está recibiendo.
Lo que vemos.
Lo que olemos.
Lo que sentimos.
Lo que escuchamos.
Y, por supuesto, lo que saboreamos.
A esto se suma algo todavía más personal: nuestra memoria.
Un sabor puede gustarnos porque nos recuerda a nuestra infancia. Un aroma puede transportarnos a un viaje. Una elaboración puede parecernos especial porque la probamos por primera vez en un momento importante.
Por eso dos personas pueden probar exactamente el mismo plato y vivir experiencias completamente diferentes.
Y esto también ocurre en un evento
Cuando trasladamos todo esto a un evento corporativo, la gastronomía deja de ser simplemente una cuestión de alimentación.
Una mesa también comunica.
La forma de presentar los alimentos, los colores, la vajilla, los aromas, las texturas o incluso el ambiente en el que se desarrolla el servicio contribuyen a construir una experiencia.
No significa que haya que convertir cada evento en un espectáculo gastronómico.
De hecho, muchas veces ocurre justo lo contrario.
Los mejores resultados están en los detalles que funcionan sin llamar demasiado la atención.
Un coffee break bien presentado.
Un aperitivo que invita a probar algo nuevo.
Un producto local que despierta curiosidad.
Una bebida que llega en el momento adecuado.
Una textura que sorprende.
Pequeños estímulos que, juntos, hacen que recordemos un momento.
La gastronomía también es percepción
Quizá por eso cocinar y comer son actividades tan interesantes.
Porque no existe únicamente una relación entre un alimento y nuestro paladar.
Existe una relación entre comida, sentidos, memoria y contexto.
Y ahí es donde la gastronomía puede convertirse en algo más que una necesidad o incluso más que un placer.
Puede convertirse en una experiencia.
En Idílico nos interesa precisamente esa parte de la gastronomía: qué ocurre alrededor de la mesa, cómo se presenta una propuesta y cómo todos esos pequeños elementos contribuyen a crear el momento.
Porque, al final, puede que una experiencia gastronómica empiece mucho antes del primer bocado.
Y termine bastante después del último.
